Arte
¿Pedro?
¿Pedro?
Señor, nos invitaste a seguirte y aceptamos. Confiábamos. Confiábamos, quizás equivocadamente, en que nos harías la vida más fácil. Confiábamos, tal vez más equivocadamente, que habías apreciado nuestras habilidades y que, por ellas, nos necesitabas. Pero no quisimos dejar nuestras redes. ¿Cómo sobrevivir sin ellas? Asentiste calladamente, y nos diste la libertad de cargarlas. Pero, ¡cuántas veces tropezamos, nuestros pies se enredaron, nos impedían ver bien el camino! Te pedimos caminar sobre las aguas, y respondiste: "vengan". Pero la voz del viento fue más fuerte que tu orden, y las negras aguas de borrasca nos cubrían... ¡Sálvanos, Señor! Tropezamos con nuestras redes, el viento nos doblega, nos hundimos, caemos. Te hemos seguido, Señor, como pudimos: a los tumbos, en las caídas, confesándote y desconociéndote, a gritos, con lágrimas. Pero tu mano poderosa y delicada una y otra vez nos levanta, nos sostiene, nos pone de nuevo en el camino. Tal vez tuvimos miedo de conocerte más, de ver que en tu invitación estaba también la necesidad de tu incapacidad elegida, y tu ilógica libertad que escurría de nuestras redes. Tal vez tuvimos miedo de escuchar que nos pedías justamente lo que más nos costaba darte. Tal vez confiamos más en las redes que en ti. Hoy somos nosotros quienes queremos invitarte. Sube a nuestra barca, Señor, acompáñanos a lo profundo del lago. Enséñanos, de nuevo, a echar la red. El milagro depende de ti. 2004 © Red de Liturgia y Recursos de Educación Cristiana CLAI-CELADEC