Textos litúrgicos
Entonces Dios me dijo: Entrevista
Entonces Dios me dijo: Entrevista
Mi entrevista había terminado, y el otro candidato, como un paciente al que están por operar, había pasado a la Oficina para que le extirparan la confianza. - ¿Un cafecito?, dijo una voz. Era Dios. - Justo lo que necesito, dije. No podrías haber calculado mejor el tiempo. - Te he estado observando, dijo. Vi que habías entrado. - Entrado, estrujado, reboleado y eyectado, dije. Me siento como si me hubieran... pasado por una procesadora. - ¿Pesada... la mano?, dijo Dios, con una sonrisita tímida. Te hicieron preguntas difíciles, ¿no? - Vos ya sabés, por supuesto, dije. - Por supuesto, dijo Dios. - Supongo que también sabías las respuestas, dije. Me podrías haber pasado algunas. - Epa, epa, dijo Dios, no quisiera que la gente me acusara de favoritismo. Sacudió el pulgar apuntando a la puerta de la Oficina. Ahí esta tu colega..., dijo, a lo mejor le toca el turno a él de conseguir trabajo. - ¿Turno?, dije. ¿Qué turno? Estas cosas no se deciden por turnos. Se ganan por mérito. Vos sabés "como el cielo". Se hizo un largo silencio. - Como el infierno, dijo Dios. - Bueno, bueno..., dije, controlá tu lenguaje. Van a pensar que fui yo y nunca me van a dar el trabajo. De todos modos, no creo en el infierno. - ¿Ni siquiera después de todo lo que acabás de pasar?, dijo. - ¿Lo decís por esa media hora de tortura?, dije. Voy a sobrevivir. No es precisamente un lago de fuego y azufre. ¿Qué es una entrevista comparada con las eternas llamas del infierno? - Podría ser el fin del mundo, sugirió. - Para uno de nosotros dos, dije. Pero, al fin y al cabo, ¿qué son las cosas de este mundo comparadas con las recompensas del cielo? - Uuuh... no me digas... dijo Dios. De veras creés en el cielo entonces: el eterno premio a la buena conducta. - No me podés correr con eso, dije. Yo sé lo que dice la Biblia de las prostitutas y los pecadores. - Ah, eso sí lo sabés, claro, dijo. Y...¿qué dice exactamente? En realidad no quería decírselo, pero creo que él se dio cuenta de todos modos. - Vos sabés, dije, eso de que las prostitutas y los pecadores están primeros en la cola. - Los primeros, primero, dijo Dios. Es cuestión de quién tiene más necesidad. ¿Para qué quiere el cielo la gente que puede cosechar satisfacciones en la tierra? Ya tienen el cielo. - No creo en eso, tampoco, dije. - Deberías creerlo, dijo. Es una idea que vale la pena promover. - Entonces ¿qué pasa con la otra historia?, le pregunté. - ¿Cuál otra historia?, dijo. - La de las ovejas y los cabritos, dije. Vos sabés. Las ovejas a la derecha, los cabritos a la izquierda y el rey que hace entrar a las ovejas a su reino porque se han preocupado de su prójimo. Y condena a los cabritos al infierno porque no han hecho nada. - Conocés bien la Biblia, dijo Dios. Debe haber algún premio para eso. - Puede ser, le dije. Pero no en el cielo, por lo que parece. - Ufa..., dijo Dios, escuchame. Tenés razón en cuanto a los cabritos. No hicieron nada. Vos sabés qué clase de gente son. Se bastan a sí mismos. Lo único que quieren es vivir tranquilos. Nunca hacen mal a nadie. Y bueno, por supuesto: ¡nunca hacen nada! - ¿Pecado de omisión?, insinué. - Puede ser, dijo Dios. Pero no necesito preocuparme por ellos, ¿no es cierto? Suficiente con lo que se preocupan ellos por sí mismos. - Está bien, dije. Pero nos estamos desviando del tema... - Como ovejas, todos nos hemos descarriado ... empezó a decir. - No importa eso, ahora, dije. ¿Qué pasa con las prostitutas y los pecadores? Vos sabés que eso no es justo. No está bien. ¿Qué pasa con toda esa gente que ha hecho el bien toda su vida? - Es lo que te estoy diciendo, dijo. Ya han tenido su porción de cielo. Deberían saber que no deben quitarle la suya a los que ni siquiera lo han probado. - Sos un buscapleitos, dije. Vos mismo te metés en problemas. Estás fomentando la maldad. - Tonterías, dijo Dios. Estoy reconociendo que la gente que se atreve a hacer cosas se expone a la tentación y al riesgo de caer. Y estoy diciendo que el perdón está disponible gratuitamente para todos ellos. Y si conocés tanto tu Biblia, deberías saber que así es como funciona la cosa. Los primeros serán últimos y los últimos serán primeros. - Y Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos, dije. - Eso no lo dice en ninguna parte, dijo. - Igual es verdad, le contesté. - Y él dijo: Nunca he visto a uno solo de estos miserables acaparadores morir con una sonrisa en el rostro. - ¿De veras los dejás afuera?, dije. - Lo lamentable, contestó, es que hasta el último momento ni siquiera se les ocurre tratar de entrar. La puerta está siempre abierta. Vos sabés. Cualquiera que piense que está abierta para unos y cerrada para otros comete el peor de los pecados. - ¿El orgullo?, dije. - Y Dios dijo: El orgullo... Dame la tacita si ya terminaste. Se fue y cerró la puerta. No conseguí el empleo. Título original: So God said to me (Capítulo 14, Interview) © Richard Adams Guiones para Anglia Television, Gran Bretaña, 1978, autorizados exclusivamente para la Red de Liturgia y Educación Cristiana CLAI- CELADEC por el autor, mayo 2002. Traducción y adaptación: Pablo Sosa © Para la versión en español Red de Liturgia y Educación Cristiana CLAI-CELADEC