(Recursos para Viernes Santo, por Amos Lopez Rubio)
Preámbulo
¡PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN!
¡Perdónalos...!
Y estalló en el aire
un rayo fulminante,
una semilla germinada;
Porque esta palabra hiere,
pero también florece.
Los días de la ciudad transcurren,
y entre el sol y la luna
se roba la inocencia a una niña de 10 años.
No hay vacantes, no hay techos,
pero sí abundancia de injusticia y duelo;
hoy con quijadas de metal se derrama
sangre inocente.
De la cruz, como rayo y semilla,
viene el canto y la aurora…
perdón, perdón,
perdón, porque hay que reconocer
que después de esta palabra -rayo y semilla-
entre Caín y Judas, el corazón humano...
aún hoy seguimos sin saber lo que hacemos.(Rebeca Montemayor, México)
Meditación
¿Por qué muere Jesús?
Es importante recordar por qué muere Jesús. Porque de la manera en que entendamos la muerte de Jesús dependerá mucho la manera en que le recordemos, y la manera en que conmemoremos los acontecimientos de la Semana Santa. Los relatos que estamos recordando en estos días nos dicen que Jesús, en sus palabras y acciones, se opuso abiertamente a toda injusticia que se inflige al pueblo en nombre del poder económico, político o religioso, poderes que muchas veces se apoyan mutuamente y vienen mezclados a tal punto que es imposible verlos por separado.
Y la fuerza que sustenta a Jesús en esta denuncia del pecado es precisamente su fe en Dios y su compromiso con la salvación que ese Dios nos ofrece. Porque el Dios de Jesús, el Dios que creó el universo, el Dios que liberó a los hebreos de la esclavitud en Egipto, el Dios de los profetas y profetisas que se enfrentaron al despotismo y la infidelidad de los reyes, el Dios que animó y sustentó al pueblo en tiempos de exilio, guerras, hambre, catástrofes y destrucción, es el mismo Dios que declara que su casa es casa de oración y no casa de explotación, engaños y maltratos. Es el mismo Dios que afirma que la vida y la libertad de las personas son más sagradas que las monedas con la imagen del César. Es el mismo Dios que no pide de nosotros nuestro dinero, sino misericordia, justicia y humildad.
¿Cómo vamos a recordar a Jesús en esta Semana Santa? Jesús fue aquel profeta, maestro, hermano, hombre sencillo que vivió y se comprometió con su pueblo y con los mejores valores de su tradición judía para enfrentar los poderes de su tiempo. Esos poderes no podían soportar las verdades que Jesús sacaba a la luz, y para preservar su autoridad y sus privilegios echaron mano de acusaciones falsas, de sobornos, de intrigas, le armaron un juicio y lo crucificaron. La muerte del nazareno es una historia que se ha repetido muchas veces, cada vez que hombres y mujeres, movidos por sus convicciones y su fe, enfrentan los poderes de su tiempo.
Hoy, 4 de abril, se cumple un aniversario más del asesinato del pastor bautista Martin Luther King Jr., líder de la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles en Estados Unidos. Quiero rescatar uno de sus pensamientos: “Si un hombre no ha descubierto algo por lo que morir, no es apto para vivir”. Son palabras de un gran sentido pascual que nos llevan al corazón de esta Semana Mayor. La muerte de Luther King nos remite a la muerte de Jesús, la voz de aquel predicador y profeta se volvió tan incómoda y peligrosa que fue silenciada por un balazo cobarde pero no así su vida y su testimonio que sigue siendo una inspiración y un signo de esperanza para todas las personas que luchan por sus derechos. La resurrección de Jesús es también un signo de esperanza que sigue sosteniendo el testimonio de la iglesia y de tantas personas que entregan sus vidas por la causa de la vida.
Augusto Roa Bastos, escritor paraguayo, en su novela Hijo de Hombre, escribió: “El hombre tiene dos nacimientos. Uno al nacer, otro al morir… Muere pero queda vivo en los otros, si ha sido cabal con el prójimo. Y si sabe olvidarse en vida de sí mismo, la tierra come su cuerpo pero no su recuerdo”.
Abrazar la muerte y la cruz para destruirlas
(fragmento del artículo “¿Cómo predicar la cruz en una sociedad de crucificados?” de Leonardo Boff)
Ningún profeta, individual o colectivo, conoció ni conoce la muerte natural, si denuncia las cruces injustas producidas por los agentes de pecado. Hay, pues, una cruz y una muerte que son fruto del empeño de descargar las espaldas de los crucificados o de limitar, al menos, la matanza de inocentes. Este tipo de cruces son un auténtico crimen. Y los gritos de los condenados llegan al corazón de Dios (Lc 11,50). Sufrir y morir de esta forma es digno y honroso y la bienaventuranza de las persecuciones se refiere a estas gentes (Mt 5,10).
F. Kafka, con motivo del encarcelamiento de Gandhi en 1922, escribió estas palabras significativas: "Es evidente que desde ahora el movimiento de Gandhi vencerá... Sin mártires cualquier movimiento degenera en contubernio de intereses de personas que especulan con su éxito. El río deviene charco, en que se pudren todas las ideas de futuro. Pues las ideas, como todo lo que en este mundo tiene un valor supranacional, sólo viven de sacrificios personales".
La cruz y el asesinato de Jesús deben entenderse como consecuencia de un mensaje y una práctica históricas de liberación que incomodaron a los poderes religiosos, políticos y sociales de su tiempo. Jesús fue sometido a un doble proceso: religioso, por blasfemia, y político como subversivo. Ante este rechazo Jesús no podía más que aceptar la persecución y la muerte, cosa que confirman los textos evangélicos: "tenía que morir" (Jn 19,7.14-16); "era necesario que padeciera" (Lc 24,26).
Pero se trata de una necesidad histórica, no trascendente ni de un designio extraño de Dios, si quería seguir siendo fiel al Padre, a sí mismo y a los hombres en quienes había suscitado la esperanza del reino. Dios no quiere la muerte de Jesús, porque es Dios de vida, pero sí quiere su fidelidad extrema. Sólo indirectamente admite la muerte en cuanto es expresión de fidelidad radical, de coherencia personal y de fe en la justicia y en la dignidad de su causa.
Los cantos del siervo de Yahvé del Antiguo Testamento, que iluminaron probablemente el camino de Jesús, manifiestan esta dialéctica mortal de que quien viene a traer la justicia es aplastado por la saña de los injustos. La predicación de la cruz y la muerte ha de subrayar que quienes desean proclamar el proyecto amoroso del Padre y orientar su vida según los principios evangélicos han de saber que compartirán el destino del justo sufriente. Los insensibles a la voz de la justicia, los satisfechos, usarán la violencia contra los constructores de relaciones sociales más justas.
El bautismo cristiano como participación en la muerte del Señor (Rm 6,3-4) no es una metáfora sino una realidad brutal. El Reino se abre paso en lucha frontal contra el anti Reino. Hay, pues, que evitar anunciar la cruz y la muerte como realidades fatales o como un juego supra histórico entre Dios y el maligno, marginando las responsabilidades reales de los judíos, de los fariseos, de Judas y de las autoridades que instruyeron el doble proceso. Las palabras bíblicas sobre la necesidad de que el hijo del hombre padeciese y fuese rechazado (Mc 9,31) hay que entenderlas en el marco de las necesidades históricas y del conflicto que provoca el mensaje y la práctica de Jesús. Hay momentos en que sólo el martirio hace honor a la propia vida y a la fidelidad a la causa de Dios.
Tomar la cruz
La historia de la iglesia cristiana ha estado marcada por la realidad del martirio. Desde Jesús, el diácono Esteban, las primeras persecuciones en tiempos del emperador Nerón y llegando a los mártires contemporáneos de la iglesia en América Latina como Monseñor Oscar Romero en el Salvador, Monseñor Angelelli en la Argentina y Monseñor Gerardi en Guatemala, entre muchos más, una gran nube de testigos, de hombres y mujeres que dieron testimonio de su fe hasta el último aliento, han sembrado la sagrada semilla del martirio, de la entrega de la propia vida como resultado de una libre vocación, de una libre conciencia y de una fidelidad firme al señorío de Jesucristo. Sus vidas siguen iluminando hoy las nuestras, y fortalecen nuestro caminar de compromiso cristiano que resiste y enfrenta a los poderes que hoy amenazan la vida y la libertad.
Los inicios del movimiento anabautista en la Europa del siglo XVI, estuvo también marcado por el martirio. Lamentablemente, los mártires anabautistas fueron condenados por sus propios hermanos en la fe, ya fueran protestantes o católicos. Sólo quisiera recordar a Félix Mantz, quien fue ahogado en la ciudad de Zurich por defender y practicar el bautismo de adultos. Muchos otros corrieron la misma suerte. Ulrico Zuinglio, el reformador suizo, condenó la práctica del re-bautismo como un error intolerable e instó a las autoridades a decapitar a quienes ejercieran tales prácticas. Por su parte, el Santo Imperio Romano catalogó la práctica del re-bautismo como un crimen que debía ser igualmente condenado. Sin embargo, las crónicas huterianas moravas de 1565 afirmaban que estas ejecuciones no hicieron otra cosa que alimentar la fe y el crecimiento del movimiento anabautista.
Uno de los más hermosos legados poéticos de este movimiento en sus inicios es el himno titulado “Cuán preciosa es la muerte de todos los santos”, compuesto por Leonhard Schiemer, franciscano austríaco convertido al anabautismo, quien falleció decapitado en enero de 1528. Quisiera compartir algunos fragmentos de este himno:
Estamos dispersados cual ovejas que carecen de pastor,
abandonados nuestros hogares y campos, somos como el cuervo
que suele buscar refugio en las grietas de las rocas.
Furtivos nos movemos en los bosques. Con perros nos buscan.
Nos llevan como a corderitos, mudos, prisioneros y amarrados.
Nos exhiben ante el mundo entero como a agitadores.
Esta es la resignación de los santos en la tierra.
En las tribulaciones hemos de ser probados.
Todos ellos rindieron libremente sin el menor temor de la verdad,
testimonio de que Jesucristo es la verdad, el camino y la vida también.
¡Ay, Señor! ¡Castiga la soberbia! ¡Haz que la sangre de los santos
se levante ante tu trono! ¡Qué preciosa es la muerte de los santos a tus ojos!Po
r eso en la desgracia nos da consuelo la confianza en ti.
Ninguna tribulación ha de bastar para apartarnos de ti.
Por eso rogamos sin cesar, a través de Cristo, que se nos muestre el estrecho sendero.
La sociedad en que vivimos nos invita cada vez más a concentrarnos en nosotros mismos y menos en los demás. Las iglesias continúan enfatizando la salvación individual, el mundo puede venirse abajo mientras mi vida esté preservada en las manos de Dios. Creo que debemos colocar las cosas en la balanza porque el evangelio también nos invita a amar al otro y a la otra como a nosotros mismos. Creo que es importante equilibrar los tiempos para nuestras necesidades individuales y nuestros deberes familiares, sociales, comunitarios.
Se trata de descubrir que en la medida en que me preocupo por la vida de los demás, me preocupo por mi propia vida. En el encuentro con el otro, me encuentro a mí mismo. Cuando sirvo a mi hermana, me sirvo a mí mismo. Mi camino se hace más pleno en tanto que lo comparto con otras personas, soy feliz cuando soy parte a la vez de la felicidad de mi prójimo.
Dicho en las palabras de Jesús, se trata de encontrar la vida cuando somos capaces de entregarla. Cuando no nos aferramos a lo que somos y tenemos, podemos ser “verdaderamente libres”. Y cuando tenemos la libertad de ofrendar nuestra vida a una determinada causa, estamos mejor preparados para enfrentar los riesgos y las dificultades que puedan venir.
Las palabras de Jesús a sus discípulos siguen vigentes hoy: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame”. Negarse a uno mismo es la condición para seguir a Jesús, y este seguimiento es totalmente voluntario. No se trata de subvalorar lo que somos, no se trata de dejar de ser quienes somos. Se trata de tomar la difícil decisión de transitar del YO al NOSOTROS, porque a Jesús se le sigue en comunidad, a Jesús se le obedece para el bien de la comunidad, a Jesús se le descubre en la experiencia y el aporte del hermano y la hermana.
El evangelio reorienta nuestra vida y nuestros valores de forma tal que podamos mirarnos y evaluarnos de manera crítica y profunda para así poder vivir responsablemente. Esta es la manera en que Dietrich Bonhoeffer, pastor y mártir cristiano que enfrentó al fascismo, comprende la negación de uno mismo cuando afirma: “Solo el desprendido de sí mismo vive responsablemente, y esto viene a significar que solo el desprendido de sí mismo, vive”.
La expresión “tomar la cruz”, en el evangelio de Mateo, remite claramente a la experiencia del martirio cristiano. Las comunidades cristianas en aquel tiempo se debaten en un contexto de hostilidad y confrontación con los poderes religiosos y políticos de la época. La fidelidad al señorío de Cristo implicaba concretamente el riesgo de la persecución y la muerte. Por eso, tomar la cruz implicaba el desapego de la propia vida si se quería ser consecuente con el evangelio de Jesús. Seguir a Jesús era una decisión radical que colocaba la vida en una situación permanente de riesgo.
Esta opción radical es lo que encontramos en las palabras del apóstol Pablo en la carta a la iglesia en Roma: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presenten vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
Esto significa negarse a uno mismo, tomar la cruz y seguir a Jesús. Es un proceso que transforma la totalidad de nuestro ser de tal manera que ya no podemos permanecer conformes ante la realidad en la que vivimos, y en la medida que experimentamos esa transformación, sufrimos la necesaria y permanente conversión al mundo y a los demás. Y cuando sentimos que las exigencias de Dios sobrepasan nuestras fuerzas, y queremos en un intento de auto conservación olvidarnos del llamado que Dios un día nos hizo en Jesucristo, vivimos la experiencia que tuvo el profeta Jeremías, que cuando pensaba en no hablar más en nombre de Dios, sentía en su corazón un fuego ardiente que consumía hasta sus huesos.
¿De qué manera nosotros y nosotras seguimos a Jesús en el aquí y el ahora que nos toca vivir? ¿Cuál es la cruz que debemos tomar? ¿Qué significa hoy negarnos a nosotros mismos para que Jesús sea realmente el Señor de nuestra vida?
Creer en el Dios de Jesucristo
En la cruz de Jesús no se manifiesta la divinidad todopoderosa sino la divinidad amante, que sufre por causa de su amor, y desde esa relación amorosa y dolorosa, responde con la vida, con la experiencia del resucitado. El amor de Dios quiere vivificar. Desde la muerte se afirma la vida. Esto es el enfrentamiento al mal, no queremos más crucificados, el pueblo que sigue a Jesús desde su muerte y resurrección tiene una responsabilidad histórica: luchar contra las cruces, desenmascarar toda forma de poder y su lógica opresora, subvertir el orden y construir nuevas relaciones humanas.
El poder de Dios opera desde la cruz posibilitando la toma de conciencia del mal y sus expresiones concretas. Es Dios quien invita a luchar por el cese del dolor, no por su eternización. Dios no quiere más víctimas, quiere justicia, y nos necesita para eso. Si Dios actúa por su cuenta y establece la justicia sin contar con nuestro esfuerzo, el reino de Dios no será jamás nuestro principal reto. Dios quiere que vivamos responsablemente, y se hace débil para provocar nuestra fuerza, para levantarnos y ejercer nuestros derechos, para conocer nuestras posibilidades de combatir el mal desde sus raíces.
Leonardo Boff comenta sobre la validez de la cruz como revelación del poder débil de Dios y denuncia de los males.
Predicar la cruz de Jesucristo hoy significa comprometerse a fin de que exista un mundo en el que sea menos difícil el amor, la paz, la fraternidad, la apertura y la entrega a Dios. Esto implica la denuncia de situaciones que engendren odio, división y ateísmo en términos de estructuras, valores, prácticas e ideologías. Implica también el anuncio y la realización, por medio de una praxis comprometida, del amor, la solidaridad y la justicia en la familia, en las escuelas, en el sistema económico, en las relaciones políticas. Este compromiso acarrea como consecuencia crisis, confrontaciones, sufrimientos y cruces[1].
Cuando recuperamos una visión de Jesús de Nazaret, en su compromiso con la vida y su entrega voluntaria (no impuesta) a Dios y al prójimo, se abre el camino para construir una nueva ética sobre Dios que es amor, que es libertad, que es opción por la vida. La visión sacrificial de la muerte de Jesús ha imposibilitado toda afirmación ética desde Dios quien actúa como un ser sangriento que exige la muerte de su propio hijo. De ahí que el sacrificarse en la teología cristiana se halla visto como gesto digno de alabanza.
La teología del sacrificio puede ser manipulada para mantener el poder de unos pocos sobre muchos. En el mundo actual, el dios mercado se yergue victorioso y somete ante sus altares a las mayorías empobrecidas que quedan fuera de sus condiciones de prosperidad y triunfo. El dios del progreso económico ilimitado y de la tecnocracia sigue cobrando víctimas en el cuerpo vital de la naturaleza que agoniza y de las reservas culturales y éticas de pueblos enteros en peligro de extinción. El dios mediático arrastra a las multitudes a sus nuevas pirámides de consumo donde impera el culto al individualismo y el sagrado ritual de la competencia. Pero la vida no puede ser un sacrificio. El centro de la vida de Jesús no es el dolor, sino la solidaridad, las relaciones humanas que promueve, su lucha contra el mal.
Muchas veces nos acercamos a Dios desde una carencia, desde un vacío. Necesitamos la salvación, queremos que la muerte deje de ser una pesadilla. Sin embargo, lo primero que debemos aceptar es la realidad de la muerte, la omnipresencia del mal y del sufrimiento en nuestras vidas y a nuestro alrededor. No vale la pena insistir en el espejismo de que el sufrimiento no es parte de la vida humana, tengamos claro su origen o no. Por ello es necesario luchar por nuestra salvación de manera más responsable, logrando las salvaciones de cada día y no guardándolo todo para los últimos tiempos. Lo futuro puede ser mejor y eso depende mucho de nuestros esfuerzos en el presente. El pasado es un testigo permanente para no repetir errores, para no seguir multiplicando el mal.
La salvación no remite solamente al consuelo sino al deseo de trabajar por la liberación. Dios no cambia el sufrimiento pero puede cambiarnos a nosotros para erradicar el sufrimiento, y esa realidad transformadora la hemos vivido, podemos dar fe de ella en medio de tanto pesimismo frente al mal. Para salir del fatalismo que justifica el sufrimiento como vía de salvación tenemos que preguntarnos en qué Dios creemos. La respuesta a esta pregunta puede resucitar en nosotros nuevas esperanzas.
Si logramos distinguir entre el Dios que es amor y el mal, hay posibilidades de construir una teología de la esperanza y el consuelo que nos introduzca en la integralidad de la salvación, el aquí y el ahora de la salvación. Una teología formulada desde la vida, el dolor y el amor comprometido ofrece más sentido que muchos discursos y postulados académicos. Esa teología de la vida, la que siente la gente cuando camina buscando soluciones y momentos de salvación nos puede orientar hacia nuevas respuestas más pertinentes, más relevantes, más fieles a la revelación amorosa de Dios en Jesús.
Si creemos en el Dios de Jesucristo, ese Dios nos llama a la vida y no a la práctica religiosa. Si creemos en el Dios de Jesucristo, ese Dios nos llama a vivir en amor, en solidaridad, en la empatía, en la lucha por el bienestar de todos y todas. Si creemos en el Dios de Jesucristo, nuestra vida será una apuesta por el respeto a la dignidad humana. Si creemos en el Dios de Jesucristo, la misericordia será la medida de nuestras acciones y nuestro compromiso para participar de la pasión de Dios en el mundo. Si creemos en el Dios de Jesucristo, no pediremos a Dios que nos explique el origen del mal sino que dedicaremos nuestra vida a la siembra del amor, la justicia y la paz. Si creemos en el Dios de Jesucristo, nuestras energías estarán al servicio de la venida del reino y no de nuestros intereses personales. Si creemos en el Dios de Jesucristo, tendremos las puertas abiertas a nuevas imágenes de la divinidad, veremos y sentiremos a Dios de una manera única, en nuestra intimidad y en los desafíos de cada día.
Necesitamos más la acción amorosa que la parálisis de una teodicea irresuelta. Ante el mal reaccionamos cómo reacciona el Dios que hemos conocido en Jesús. Todo nos desafía a salirnos de nuestro espacio cerrado hacia aquellos y aquellas que nos necesitan y a quienes también necesitamos. Así el mal irá perdiendo terreno y fuerza ante cada gesto de amor y entrega gratuitos. Un cantautor cubano lo dice de esta manera: “sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor convierte en milagro el barro, sólo el amor alumbra lo que perdura”.
Preguntas para la reflexión
- ¿Cómo entendemos hoy la realidad del mal y de qué manera dialogamos con esa realidad desde nuestra fe?
- ¿Cómo resignificar el símbolo de la cruz de manera que pueda movilizar nuestro compromiso con la vida y la justicia?
- ¿Cuáles aspectos de la vida y enseñanza de Jesús necesitamos rescatar para ser iglesias proféticas en nuestros días, señales de salvación y esperanza?
Compromiso
“No tengo miedo a la muerte”
Ya no tengo miedo a la muerte,
conozco muy bien su pasillo oscuro y frío
que conduce a la vida.
Tengo miedo de esa vida que no surge de la muerte,
que acalambra las manos y entorpece nuestra marcha.
Tengo miedo de mi miedo,
y aun mas del miedo de los otros,
que no saben a donde van
y se siguen aferrando a algo que creen que es la vida
y nosotros sabemos que es la muerte!Vivo cada día para matar la muerte
muero cada día para parir la vida,
y en esta muerte de la muerte,
muero mil veces y resucito otras tantas,
desde el amor que alimenta
de mi Pueblo la esperanza!(Julia Esquivel, Guatemala)
[1] Boff, Leonardo, 1980. Pasión de Cristo, pasión del mundo. Santander: Sal Terrae, pp. 272-273.
